Meseta negra

Meseta negra

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¡Aliviar su propia carga tomando sobre sí la de otros! ¡Qué espléndida perspectiva! Pero se hallaba fuera del alcance de Paul Manning. No era bastante buen cristiano para aceptar este papel. Jamás volvería a pasar junto a un ser humano en apuros sin tenderle la mano, pero dedicar todo su porvenir a la bondad, a la caridad... era superior a sus fuerzas. ¿Qué deseaba antes de que el destino le asestase aquel golpe? Viajar, acopiar experiencias, vivir aventuras, conseguir éxitos, escribir sus viejos sueños, vivir y amar.

¡Vivir y amar! Pero el amor le había destrozado. En estos momentos, experimentaba la rareza de su naturaleza, por el recuerdo de más de uno de sus directos antepasados arruinados por una mala pasión; por el recuerdo de su adoración por su madre; por el hecho de reconocer cierta ternura femenina en sí mismo. Claro que tal vez hubiese exagerado su fervor hacia Amy. Era aún muy joven y sano, al menos de cuerpo si no de espíritu. Con el tiempo, la olvidaría. Pero en aquel instante, la antigua desesperación, la vieja amargura se abatieron de nuevo sobre su ánimo. ¿Cómo podría volver a amar de nuevo? Ésta era la única e intolerable verdad.

Tan profundamente se hallaba absorto en su autoanálisis que no prestó atención a un sonido de tabaleo en la puerta, hasta que se vio interrumpido por una vocecita infantil:

—¡Papá!


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