Meseta negra

Meseta negra

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De pronto, se dio cuenta de que el bebé que oyera llorar poco antes había entrado en la habitación y se arrastraba por el suelo hacia la cama.

—Vaya, jovencito, ¿adónde vas? —exclamó Paul, divertido y preocupado a la vez.

El bebé continuó avanzando, fiel a su propósito. Tenía un poco más de un año, y era decididamente hermoso, aunque no robusto. Al llegar junto a la cama, se agarró a la pierna de Paul y consiguió erguirse, entonces, con la alegría del conquistador, emitió unos gruñiditos de felicidad.

Paul lo levantó en vilo y lo colocó sobre sus rodillas, experimentando una extraña emoción cuando el niño le apretó las piernas con sus manitas.

—Te has perdido, ¿eh, perillán? ¿Qué voy a hacer contigo?

En el corredor resonaron unos pasos, acompañados de una voz llena de ansiedad.

—Tommy... Tommy... ¿dónde estás?

Paul no contestó tan de prisa como era de esperar, y al cabo de un instante los pasos estaban ya al otro lado de la puerta. Una cara juvenil atisbo por el umbral, y al ver al muchacho con el niño lanzó un suspiro de alivio. Entonces, entró.

—¡Oh, el muy bribonzuelo! Espero que no le haya molestado —exclamó la joven, y en su voz de contralto Paul reconoció a la mujer que cantara la nana.


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