Meseta negra
Meseta negra —No, ha sido muy agradable —sonrió Paul—. Creo que jamás he gozado de tanta popularidad.
—Ha sido usted muy amable al jugar con él —agradeció la muchacha, que avanzó para coger en brazos al bebé.
No obstante, el niño tenÃa otras ideas y se asió a su nuevo refugio, forcejeando hasta que la joven consiguió cogerle en brazos. El vivÃsimo rubor atrajo la atención de Paul hacia aquel rostro femenino.
—No... no sabÃa que estaba ocupada esta habitación, de lo contrario no le habrÃa dejado escapar —tartamudeó ella.
—Me llamo Paul Manning —se presentó él—. Seré socio de Belmont en el negocio ganadero.
—¿Socio?
—SÃ. Y vivo ya aquÃ.
—¿Vive... aqu� —repitió la joven con incredulidad.
Por entonces, Paul ya se habÃa dado cuenta de que la muchacha era algo más que bonita, costándole mucho trabajo apartar su mirada de aquel bello rostro. Los ojos de la chica eran grandes, y bien su matiz oscuro o su expresión le prestaban una singular hermosura. Por lo demás, su cara era ovalada, poseÃa unos labios rojos y llenos, aunque curvados en un rictus de tristeza, una frente amplia coronada por una mata de pelo bronceado, con estrÃas doradas.