Meseta negra
Meseta negra —SÃ, durante una temporada viviré aquÃ, hasta que pueda construir una choza —explicó Paul—. Pero soy un tipo tranquilo y no causaré molestias.
—Oh, yo no quise decir... Es usted muy bien venido. Bueno, me sorprendÃ, sencillamente.
—¿Es usted hija de Belmont? —preguntó Paul.
—No.
—¿Pariente... o trabaja aqu� —prosiguió Paul preguntando amablemente, deseando saber quién era.
—Trabajo aquÃ, sÃ, pero no soy ni pariente ni sirvienta de Belmont.
La respuesta, en voz baja, teñida de amargura, despertó la curiosidad de Paul, que apenas pudo refrenar su mirada. De repente, se dio cuenta del cambio experimentado por la muchacha, asà como de que no la habÃa observado atentamente.
—Yo me llamo Louise, y soy la madre de este niño... y la esposa de Belmont —añadió ella, con una curiosa nota de tristeza en la voz.
—¡Dios mÃo! ¿Madre del pequeñÃn? Pero si usted es casi una niña... —exclamó Paul, perdiendo su compostura.
—Tengo diecisiete años —declaró Louise, aunque a juzgar por la solemnidad de su tono de voz hubiese podido tener cincuenta.
—¡Diecisiete años! —repitió Paul.