Odio de razas

Odio de razas

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Las tradiciones de su raza fueron impresas para siempre, en su imaginación por medio de canciones, relatos y danzas. El valor de los bravos guerreros indios era solamente un recuerdo del pasado; pero el espíritu vivía aún. El muchacho fue enseñado a comprender la naturaleza del guerrero y, a venerar a su padre y a la dilatada estirpe de jefes de que descendía. Antes de que hubiera apreudido a andar, Nophaie comenzó a conocer los secretos de la vida al aire libre. Pájaros, lagartos, culebras, sapos, escorpiones, ratas y canguros pequeños, perros de las praderas y conejos…, todos estos animalitos v otros menudos seres silvestres del desierto le fueron llevados para que aprendiera a domarlos, a jugar con ellos, a estudiarlos amarlos. De este modo, la vida intensa y multicolor del desierto fue prontamente impresa en su cerebro. El amor a la belleza natural, nacido con él, encontró facilidades para su evolución v desarrollo. Los hábitos y las costumbres de los moradores del desierto formaron parte de su enseñanza infantil. Y del mismo modo, el verdor que cubre la tierra, con toda su belleza y significado, ocupó muy pronto un lugar de suprema importancia en su comprensión: las hierbas, verdes en la primavera, granadas y amarillentas en el verano, lívidas en las postrimerías del otoño; la,salvia, con agridulce fragancia y su indeclinable verdor; los cactos, ponzoñosos aunque fructíferos, con sus colores bermellón y magenta; la brocha de pintor», con su carmín; la cizaña del desierto, sin olvidar su uso y sin valor; las flores del los profundos desfiladeros; el musgo de las piedras húmedas próximas al arroyo sombreado por las cumbres; los helechos y los líquenes; los cedros de uvas purpúreas y las piñas de los árboles de las tierras altas, y los pinos de corteza parda, estáticos y nobles, señores de las alturas…


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