Odio de razas
Odio de razas En primer lugar, miró hacia abajo, hacia las tierras bajas que había traspuesto. ¡Cuán lejos y cuán abajo se hallaban! El camino parecía ascender de manera casi vertical; y, sin embargo, Marian lo había vencido. El Valle de los Dioses se elevaba lentamente en la vasta extensión del desierto, y las coronas de los pétreos.monumentos naturales se hallaban al mismo nivel que el terreno desde el qué Marian los observaba. Unos y otros pertenecían a los mismos estratos de piedra roja. Todo el espacio situado al pie de ellos y entre ellos había sido maltratado por el tiempo, por el viento, por la tierra, por las heladas. El hecho se presentaba con claridad a Marian, aun cuando pareciese increíble. ¡Era la obra de los siglos! Aquella tierra de misterio y belleza anunciaba que también habría de trasformarla a ella. Allá, a lo lejos, los dioses de roja roca se erguían solos, estupendos, grandiosos. Marian los miró durante cierto tiempo, y su fortaleza y su presencia de ánimo volvieron gradualmente a ella.