Odio de razas
Odio de razas Y Marian temió mirar hacia el oeste. Sin embargo, un impulso irrefrenable le forzó a hacerlo. Enorme e inclinada, adornada de una orilla de verdes árboles, una nueva montaña impedía ver el cielo. Estaba próxima, y en dirección al norte se interrumpía bruscamente. Withers cabalgaba a través de un bosquecillo de cedros. Marian volvió a montar el caballo, no sin ciertos dolores, e hizo lo que pudo por seguir al comerciante sin perderlo de vista. La senda se marcaba vagamente. No obstante, Marian pensó que en la desnudez del terreno le habría sido imposible descubrir las huellas de los caballos que la precedían.
Aquel bancal de bosque verde y fragante conducía a la base de una elevación rocosa. Withers la esperaba nuevamente.
- Dé rienda suelta a Bucksin - dijo -. Yo no la abandonaré. Y, oiga: he visto huellas frescas de caballo indio en este camino. Supongo. que nuestro amigo, el indio Pahute, a quien tanto admira usted, nos ha adelantado. En tal caso, Nophaie se pondrá en camino para reci- birnos antes de la puesta del sol.