Odio de razas
Odio de razas Marian intentó alejar de la imaginación el pensamiento de tal posibilidad. Pero el pensamiento la obsesionaba y no le dejaba la serenidad suficiente para hacer frente a las crecientes dificultades de la marcha. Quería verlo todo, no permitir que las horas pasasen a su lado y la encontrasen absorta en sueños que no la dejasen observar lo que tenía ante sí. Anhelaba ansiosamente encontrar a Nophaie, y, sin embargo, lo temía.
Withers se rezagó un poco para acomodar la marcha a la de Marian. La joven experimentó un consuelo al verlo cerca de ella, aun cuando no sentía necesidad de hablar. Withers, por otra parte, parecía tener muy poco que decir. Comenzaron un largo ascenso sobre un terreno de roca desnuda, ondulante, desigual, en el que había quebradas y montículos que forzaban a seguir un curso laberíntico en dirección a la altura. No estaba completamente desnuda aquella extensión, puesto que Marian vio unos cedros enanos que brotaban en los rincones en que el polvo y el agua prestaron alimento a una semilla. Aquella pendiente continuaba el ascenso por espacio de media milla, y finalmente llegaba al nivel de la enorme protuberancia pétrea. Marian creyó hallarse en la cúspide de la elevación. Pero no era cierto. Había puntos más lejanos y más altos en dirección al Oeste. Hacia el Norte, el panorama ofrecía un vívido contraste: las negras cadenas de las montañas estaban rematadas de cúpulas nevadas.