Odio de razas
Odio de razas - ¡Oh… esto es… nuevo… y duro… para mÃ! - exclamó ahogadamente -. El señor Withers… no deberÃa… haberme dejado entregada… a miss propios recursos,…
Y comprobó que el comerciante lo habÃa hecho deliberadamente. Si no hubiera creÃdo que Marian fuese capaz de realizar la proeza, se habrÃa abstenido de hacerlo. Aquel momento en que se halló a solas en la garganta, mientras intentaba recurrir a todo su valor y a su reserva de energÃas, impresionó a Marian. Se despreció durante unos cortos segundos, pero conoció el temor natural, una emoción desconocida de ella durante toda su vida. Y lo dominó. Y resueltamente, aunque con labios temblorosos, que hubo de morder;para aquietarlos, volvió a iniciar la caminata hacia las alturas.
El carácter de la naturaleza cambió. El granito, fuerte y brillante, cedió el puesta á la arena blanca y roja. Marian encontró más fácil el caminar, y si no hubiera estado tan cansada como se hallaba, habrÃa podido subir bien y sin dificultades.: Pero el cansancio la obligaba a arrastrar los doloridos pies, un paso lento tras otra paso lento, por la inclinación del camino.