Odio de razas

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¡Las seis de la tarde, según su reloj, y el oro del crepúsculo en los bordes lejanos del costado del abismo! Le parecía que le quedaba muy poco trecho por recorrer para llegar a la altura; pero caminaba y caminaba, y no llegaba jamás. No obstante, aun cuando estuviera cansada y desesperada, llegó el momento en que el extraño encanto del desfiladero se apoderó de ella. Acaso fuera todo un producto de la influencia del hechizo del crepúsculo con sus rayos dorados en la altura y sus sombras purpúreas en las profundidades; o, acaso, de la sublimidad de las alturas a que había llegado. ¡Qué reino de la soledad! Allí debían de asirse a las grietas de las peñas las águilas con sus garras engarfiadas.

Marian dio vuelta lentamente al llegar a un saliente que se proyectaba sobre un desnudo promontorio. Y se detuvo para contemplar con incrédulos ojos el camino que había recorrido. Respiraba agitadamente. Un viento frío que procedía de la altura le refrescó la frente calurosa y descubierta.

Repentinamente, un grito la sobresaltó. Vibrante, penetrante y extraño, descendió y los costados del desfiladero lo ampliaron, lo rechazaron de roca en roca, hasta que murió fantásticamente allá abajo.


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