Odio de razas
Odio de razas Marian levantó la cabeza y recorrió con fa mirada el borde superior. Un indio se destacaba, como una silueta, ante el oro del cielo. Delgado y alto, inmóvil como una estatua, semejaba una figura negra en armonía con la nobleza y la rusticidad de aquella altura:
- ¡Nophaie! - susurró Marian. Y el corazón pareció querer saltársele del pecho.
Nophaie agitó una mano en el aire; fue un gesto lento, elocuente, emocionante. Marian agitó, a manera de réplica, el sombrero e intentó gritar; pero la voz no respondió a su esfuerzo. Dio vuelta con pasos rápidos y comenzó a recorrer los últimos zigzags del camino.
La subida parecía interminable… Y el borde, inaccesible. Marian se había esforzado excesivamente. Ofuscada, medio ciega, con el corazón a punto de reventar, corrió hacia lo alto, hacia Nophaie. Nophaie se acercaba a ella. ¡Cuán extraña era la luz! ¿Había anochecido ya? El borde del abismo se movió y agitó y se oscureció aun más.