Odio de razas
Odio de razas No, no se había desmayado. Ni durante un solo instante perdió completamente el conocimiento de aquel contacto duro, prieto, firme de un brazo de hierro que la rodeó, de que era conducida a la altura. Luego… un largo momento… y nuevamente percibió el angustiado. latido de su corazón, el dolor de su pecho. Emitía el aliento de manera espasmódica y entrecortada. La oscuridad abandonó sus ojos. Vio la garganta, un abismo azul, que bostezaba en las profundidades purpúreas del desfiladero de Pahute. Pero no pudo ver nada más, puesto que no podía moverse. Nophaie la apretó contra sí, puso la mejilla de Marian sobre su pecho.
- ¡Benow di cleash!
- ¡Nophaie!
No hubo otro saludo entre ellos. Nophaie no la besó, y su prieto asimiento se aflojó. Marian se reanimó hasta el punto de que fue capaz de mantenerse en pie, y se separó de él, sin soltarle la mano. El indio a quien había conocido como Lo Blandy había cambiado al renunciar a su nombre de hombre blanco. Su rostro se había cubierto del color oscuro, del bronce; parecía más delgado y más viejo, más grave; tenía unos profundos surcos en el rostro., huellas del dolor, que su sonrisa de bienvenida no pudo ocultar completamente. Sus ojos oscuros y penetrantes, iluminados de una intensa luz, semejaban incendiar los de ella. Un amor y una alegría inexpresables brillaban en ellos.