Odio de razas
Odio de razas Fue entonces cuando Marian lo vio por primera vez tal y como era. La que tenÃa ante sÃ, solamente parecÃa;ser una sombra de la magnÃfica forma del que habÃa sido un famoso atleta. Estaba más enjuto, más delgado, más duro. Se hallaba vestido de pana aterciopelada, vieja y deslucida, con un cinturón de hebillas de plata y unos mocasines pardos. TenÃa el negro cabello peinado hacia atrás y sujeto por una cinta roja que le rodeaba la cabeza. Su ves- timenta y el reposo de la alta figura que se destacaba ante la profundidad del desfiladero le alejaban inconmensurablemente del, hombre a quien Marian conoció como Lo Blandy. Si en él habÃa existido algo insincero, algo falso, habÃa desaparecido ya. El hombre que en aquel momento tenÃa ante la mirada satisfacÃa plenamente el desconocido anhelo que se albergaba en el corazón de Marian. N siquiera discordaba con este anhelo la sugestión de tragedia que el hombre despertaba. ¿Que habrÃa en su alma?
- Me alegro de que creas que soy como has dicho -dijo ella al mismo tiempo que se aproximaba a él -. Pues lo que dicen que debo hacer… y lo quiero… es hacerte feliz.
- ¡Feliz! Benow di cleash, éste es el primer momento de felicidad que he tenido desde… desde que era un niño pastor… Desde, que fui el niño Nophaie que salÃa al campo con su rebaño… Feliz porque, sabiendo que soy indio, me amas.