Odio de razas
Odio de razas - Sí, te quiero, Nophaie-dijo ella con voz baja y -alterada. Quería que él lo supiera de nuevo.
Con las manos unidas, ambos contemplaron las profundidades cubiertas de púrpura, los bordes del desfiladero, bañados de dorada luz, y la vasta extensión del desierto. El sol se ponía mientras Marian lo observaba y percibía la extraña exaltación que el momento provocaba. Las bendiciones que la esperaban eran infinitas; la gloria de amar y olvidarse de sí, la misión que había de ser suya, el conocimiento de aquella tierra solitaria y maravillosa… vista a través de los ojos y alma de un indio. Marian se maravilló entonces de haberlo dudado o temido en alguna ocasión.
- Vamos, es preciso que nos. vayamos-dijo Nophaie-. Estás cansada y tienes hambre. Withers instalará el campamento a varias millas de este lugar.
- ¡ Withers! -repitió Marian, al mismo tiempo que reía brevemente -. Me había olvidado de él… de la necesidad de acampar… y de que tenía hambre.
- ¿Recuerdas el modo como despreciabas los bombones y los helados en aquellos días de Cape May? - preguntó él.
- Sí; y no he cambiado con relación a esas cosas - contestó ella alegremente -. Tú también recuerdas otras cosas, ¿verdad…? Bien, señor, ¿qué me dices respecto a Jack Bailey?