Odio de razas
Odio de razas Marian tuvo desde aquel momento ocupación para su vista. Cuando continuó marchando, l o hizo sin cesar de observar los dos puntitos que se movían en la lejanía. Los perdía en ocasiones, y tropezaba con dificultades para descubrirlos de nuevo; pero se fueron ampliando gradualmente, más y más, hasta que adquirieron forma de caballos que trotaban graciosamente y prestaban un aliento de vida y de belleza al solitario desierto. Llegó un momento en que Marian pudo ver claramente a Nophaie y reconocerlo. Después, hizo el sorprendente descubrimiento de que el caballo mesteño tenía una pelambre y una cola largas que se agitaban con la carrera. Al acercarse mas a él, Marian adquirió seguridad de que jamás había visto un caballo tan hermoso. A1 ver los indios y las mulas, el caballo se detuvo ante e l borde de una elevación con la cabeza levantada y las crines movidas por el viento. Luego, Nophaie lo alcanzó y lo llevó hacia el camino, donde el animal se desvió para acercarse a las mulas. Se encabritó, irguió la cabeza y relinchó. Sus cascos resonaron como campanas al chocar contra las piedras. Marian pudo observar que era de un blanco casi puro, de cons- titución mediana, bien conformado, y que las crines y la cola le llegaban casi al suelo. Solamente estas circunstancias habrían hecho que cualquier caballo fuese hermoso. Parecía que su ferocidad era únicamente un espíritu de juventud y fogosidad, puesto que mostró una inclinación a correr junio a los demás caballos. El que montaba Nophaie era un verdadero caballo salvaje, negro, peludo, robusto, aunque desgarbado; además de la brida, llevaba un ronzal que le sujetaba el belfo.