Odio de razas
Odio de razas Una sola palabra y un contacto con la mano de ella fueron lo único que Bucksin necesito para comenzar a trotar.
El caballo rompió en un largo galope que Marian encontró, con gran sorpresa, un cambio muy satisfactorio de marcha y que constituía un movimiento delicioso. Todo lo cambió, sus sensaciones, el panorama, el color y los olores, el roce del viento… Nophaie marchó al lado de ella, fuera del camino, por el terreno cubierto de salvia. ¡Cuán dulce fue para Marian la dulce fragancia que semejaba azotarle el rostro! Su sangre comenzó a circular vivamente, sus nervios se excitaron. Siempre le había gustado la rapidez, el movimiento, la acción, sentir como sus músculos y su espíritu dominaban las situaciones. Aquello estaba más allá de sus más exaltados sueños. ¡Sabía cabalgar! Verdaderamente, jamás lo habría creído. Y ambos continuaron trotando, trotando; los dos caballos se calentaron. gradualmente al entregarse a la rapidez, de la carrera, y finalmente marcharon a un paso oscilante y agradable que cubría el terreno con viveza. Marian pensó que no era posible que hubiera en todo el mundo un lugar más hermoso que aquella interminable llanura de salvia, de color purpúreo y cargada de olor seco y dulce, Solitaria y silvestre, con su gran montaña al fondo y, siempre a través de la distancia, el ancho desierto de rocas, extraño, atrayente, estéril.