Odio de razas
Odio de razas Cuando hubo comprendido esta importante cuestión, Marian experimentó una vez más un calor y una excitación que se difundÃan por sus venas, una resurrección de aquella felicidad que habÃa sido repentinamente ahogada por las revelaciones de Nophaie. ¿PodrÃa verlo con frecuencia? Esta seguridad era como el santo y seña de su alegrÃa… La inspiración para su trabajo. ¿No aclararÃan su fe en él y su amor por él los dÃas oscuros de su martirio? Pues no de otro modo consideraba Marian su vida.
La noche se sentó en el desierto, frÃa y tranquila, con una negrura de sombra que se extendÃa sobre todos los cedros y todas las matas. El cielo aterciopelado refulgÃa con sus mirÃadas de estrellas. Marian caminó junto a Nophaie, con las manos unidas a las de él, a través del terreno cubierto de salvia, en dirección al punto en que se agitaba la llama de la hoguera. Un coyote rasgó el silencio con su agudo grito. Marian percibió algo más que la ple- nitud de su propio corazón. La salvia, las rocas, el arroyo murmurador, la noche del desierto, todo parecÃa hallarse dotado de una fuerza espiritual, de un alma respirante.