Odio de razas

Odio de razas

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Y después caminó pensativamente hacia lo alto de la sombreada avenida, en dirección al despacho del agente Caminó lentamente. Solía hacerla taimadamente, aunque no obedeciendo a un instinto, como sucedía a los indios. Eran muchas, verdaderamente, las causas de aquel hábito suyo. Cuando subía los altos escalones del pórtico oyó voces. ¡Las de Friel y la señorita Warner! Morgan se detuvo para escuchar.

- Â¡Déjeme en paz! - gritó cansadamente la mujer.

A estas palabras siguió el arrastrar de una silla; después el ruido de unos pasos rápidos y apagados, el sonido de una voz de hombre…

- Marian, ¿no es usted capaz de comprender cuándo un hombre la quiere?

Morgan abrió la puerta y entró. Friel intentaba envolver en sus brazos a la señorita Warner, que le, rechazaba esforzadamente.

- Â¡Ah! Perdónenme, jóvenes -dijo Morgan con severa ligereza-. ¿He venido a interrumpir una escena de amor?

- Â¡No! -respondió la señorita Warner acaloradamente al mismo tiempo que empujaba hacia atrás a Friel. La joven tenía enrojecido el rostro. Sus ojos azules despedían llamas. Su pecho se hinchaba agitadamente. Morgan pensó, por primera vez, que aquella joven era guapa… Solamente le atraían las mujeres de tez oscura.


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