Odio de razas
Odio de razas - Exactamente. Supongo que recordará aquellas irregularidades que cometió…, aquellas impresiones digitales que obligó a poner a los indios al pie de unos documentos cuyo contenido no conocían…, documentos por los que renunciaban en favor de usted a sus derecho sobre el agua y las tierras… Sobre unas tierras y unas aguas que ahora son propiedad de usted.
- Sí, lo recuerdo… y recuerdo también, de modo indudable, que la idea: no nació solamente en mi imaginación.
- No podría usted probarlo - replicó sucintamente Morgan -. Y por esta causa creo que sería más conveniente para usted que se pusiera decididamente a mi lado. Ahí viene Blucher.
¡No le diga ni una sola palabra de todo esto!
Morgan cerró la puerta del despacho particular de Blucher. Solamente necesitó ver el rostro del agente alemán para comprender que su artera imaginación albergaba algún proyecto.
Blucher era robusto, de piel clara, ancho de faz, en la que se reflejaba el rasgo característico de los alemanes la intolerancia!
- ¿Qué sucede? preguntó Morgan en voz baja.
Los ojos, azules y grises, de Blucher se dilataron y repentinamente parecieron comenzar a danzar en ellos unos puntos de fuego.