Odio de razas
Odio de razas - ¡Oh, nadie me dice ya cosas hermosas Marian se preguntó si la tristeza de Gekin Yashi serÃa debida a la pérdida de Do Etin, su padre.
A medida que se aproximaba el invierno y la guerra nacida en Europa extendÃa sus garras hasta puntos cada vez más y más lejanos, principalmente en dirección a los Estados Unidas de América, Blucher se inclinó de modo indudable hacia una obsesión de unos pretendidas derechos de Alemania. Marian escribió a máquina:muchas de sus cartas y se dio cuenta de que el superintendente dejaba que en ellas se filtrase la expresión involuntaria de cosas sin importancia. Apenas le era posible poner atención en la tarea que le estaba encomendada en aquel terreno destinado a los indios, y todavÃa, naturalmente, le era menos posible resolver sus problemas. De este modo, se hizo menos canuto, por lo menos en lo que se relacionaba con Marian. Ni tampoco se cohibÃa al hablar con los demás. Cierta tarde se hallaba reunido en su despacho con varios de los empleados del Gobierno. La puerta del despacho se encontraba abierta. HabÃan llegado noticias de la. guerra, la mayorÃa de leas cuales, eran favorables para Alemania. La conversación de los hombres versó sobre temas generales, hasta el momento en que Wolterson dijo:
- Alguien deberÃa matar al Kaiser…