Odio de razas
Odio de razas Las cartas de Nophaie llegaron de tarde en tarde. No eran como las que Marian había recibido cuando se hallaba en el desierto, pero en ellas cimentó la joven su alegría y sus esperanzas. En septiembre, Marian se dirigió a la costa huyendo de la humedad y de la pesada atmósfera de la ciudad, las cuales le resultaban intolerables después de su permanencia en el Oeste. Y, por otra parte, necesitaba descanso. Fue a Cape May y frecuentó los lugares de la playa que había recorrido en compañía de Nophaie.
¡El inquieto y brillante Atlántico! Marian se bañó en la rompiente y pasó largas horas sentada sobre la arena. Aquel período fue tranquilo y, no obstante, singularmente intenso y vivo. Las grandes curvas de las olas, el atronar y el rugir, la blanca espuma y las anchas salpicaduras del agua, la ancha y- verde combadura del mar en la lejanía… todas estas cosas semejaban poder ser apreciadas y comprendidas más perfectamente a través de los recuerdos del desierto. Pero Marian amaba más el desierto y todos los (lías parecía sonar insistentemente en sus oídos la llamada de las vastas extensiones.