Odio de razas
Odio de razas Y el tiempo voló y el otoño comenzó a desembocar en el invierno. Marian necesitó emplear cierto tiempo para deshacerse de sus pequeñas propiedades; al cabo de pocos días recibió una carta en la que Nophaie le decía que se hallaba a punto de salir de Nueva York hacia Francia. Marian fijé, a Nueva York con la vana esperanza de verlo. Pero lo único que pudo conseguir fue oír el sonido de su voz a través de un teléfono. Su agradecimiento fue muy, grande. En, el mismo instante en que ella respondió al sonido de un timbre por medio de un: «¡Diga!›, él dijo: ¡Benow di cleash luego, temblando de pies a cabeza en: la pequeñez de la cabina, Marian escuchó las pocas palabras de amor y despedida ele Nophaie.
Marian fue una de las mujeres que formaron la inmensa multitud que se agrupó en los muelles de Ho-boleen cuando el enorme transatlántico levó anclas. Centenares, millares de rostros de soldados se agolparon en la vista de Marian. Acaso fuera alguno de ellos Nophaie Marian agitó en el aire su pañuelito como despedida a ellos y a él. Ella era solamente una de los muchos millares de mujeres que quedaban atrás para sufrir v para llorar. Aquella despedida fue más dura para Marian que la de Flagerstown.