Odio de razas
Odio de razas Más adelante, los pinos decrecieron en tamaño y se hicieron más escasos y más separados unos de otras, de modo que Marian pudo ver sólo en ocasiones y fugazmente el campo situado tras ellos. Luego, tras haber dado vuelta al llegar a una elevación rocosa, el vehículo continuó corriendo a través de un bosque muy despoblado de árboles. ¡El desierto! Marian no intentó reprimir una exclamación de asombro y de temor.
Al bajar la vista hallaba ante ella muchas y muchas leguas de desierto. Terminaron los pinos, se presentaron los cedros y tras ellos se tendían y ondulaban las blancas millas de tierras áridas. Solamente dos colores eran visibles: el blanco y el negro. ¡Cuán suaves y aterciopelados! Solamente el Oeste parecía cerrar el paso a la mirada; y en él una sucesión de montañas redondas, desnudas, no siendo por la hierba, conducían también al desierto. Estas montañas y los cedros y la retorcida carretera atrajeron la mirada de Marian hacia lo que semejaba una sucesión de escalones colosales, borrosos, vagamente coloreados, inasequibles e increíbles.
¿Dónde separaba la línea del horizonte aquella tierra purpúrea y remota del cielo? Pero el cielo estaba oscurecido, y la anchura del horizonte estaba cubierta de la tonalidad, negruzca de las nubes de tormenta que llenaban la vasta extensión de las alturas. El desierto se alargaba legua tras, legua y se elevaba majestuosamente.