Odio de razas
Odio de razas Marian ofreció un festín a sus ojos al intentar apresar con la mirada lo que veía. Pasaron instantes y millas, y repentinamente una gris turbonada de lluvia y de nieve descendió a sus espaldas y envolvió el automóvil. La turbonada produjo un frío intenso, penetrante. Lo que hubo de lluvia se convirtió pronto en granizo que apedreó a Marian; Truchas piedras, rebotaron en el parabrisas y le golpearon en el rostro. Los guantes y los bolsillos parecían una defensa inútil contra un frío tan intenso. Marian sufrió. Las mejillas, la nariz y los oídos parecieron helársele: El mundo que rodeaba el coche estaba blanco, azotada por el, ventisquero; la nieve volaba a ras, de tierra. El cielo se oscureció aún más. Cuando Marian abría los ojos, a intervalos, nada podía ver delante del vehículo. Sin embargo, la oscuridad no acobardaba al indio ni le persuadía a aminorar la velocidad de la marcha. De modo que, entre sus temores y sus angustias, Marian se vio obligada a extraer un heroico placer de las hostiles circunstancias.