Odio de razas

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La guerra podría haber terminado, pero sus consecuencias comenzaban a hacerse presentes. Y había algunos indios que confirmaban la exactitud de las sombrías predicciones de Withers.

Marian no vio jamás que el médico de la escuela del Gobierno realizase ningún viaje a Copenwashie. Ella misma se encargó de llevar un doctor de Flagerstown, cuyas visitas, seguidas de los cuidados de Marian, contribuyeron a mitigar los estragos de la enfermedad. Cuando los escépticos Nokis vieron que todo ello se hacía graciosamente, sin ninguna obligación ni compromiso por parte de ellos, sino sencillamente merced a la bondad de Benow di cleash, todos cambiaron de una manera casi imperceptible en apariencia. Los viejos Nokis comenzaron a iluminar la inalterabilidad de sus rostros por medio de una sonri- sa; los chiquillos se alegraban más y más cada vez que veían a Marian, y su alegría nacía más de la presencia de la mujer que de la vista de sus regalos.

Resultaba muy penoso para Marian el permanecer por espacio de media hora en el interior de las casas a consecuencia del humo acre que brotaba de las abiertas chimeneas, que le afectaba dolorosamente, tanto a los ojos como a la garganta. Cuando salía al exterior y recibía el viento frío del desierto se aliviaba. Por esta causa, decidí proceder con prisa pasa hacer cuanto le fuese: posible en favor de los indios y porque sus esfuerzos no resultasen inútiles.


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