Odio de razas
Odio de razas Más allá de los indios sentados, se hallaba una forma, envuelta en una manta, junto a la pared del hogan, que sugería la inanimada- naturaleza de la piedra. La nieve había entrado por la abierta puerta y se había depositado sobre los pliegues de la manta. A espaldas de Marian, al pie de otra de las paredes, reposaba otra forma más ligera, que no estaba completamente cubierta. Marian vio la negra cabellera y la forma de la cabeza y creyó reconocerla.
-Nophaie -susurró -. Ésta…, ésta debe de ser Gekin Yashi.
- Sí-respondió Nophaie; y levantándose, descubrió la cabeza de la joven muerta.
Marran reconoció en el acto a Gekin Yashi, y, sin embargo, no la conoció. ¿Podría ser aquel rostro el de la chiquilla de dieciséis años? La enfermedad y la muerte lo habían contorcido y ennegrecido; pero Marian creyó apreciar que no era aquél el único cambio que se había operado. Las canciones y los sueños y los ideales de Gekin Yashi habían muerto antes que su carne. Semejaba una mujer, una esposa india madura y reposada. Había vuelto a los pensamientos y los sentimientos indios, sombríos, místicos, sin amargura ni. esperanzas, ya pagana o bárbara, infinitamente peor, degradada por el contacto con la civilización.