Odio de razas
Odio de razas Marian salió presurosamente del hogan y se aproximó a la hoguera que ardÃa bajo los cedros. La poseÃa un horror…, un horror a no sabÃa qué. Su propia religión y su fe oscilaron sobre su base. Las epidemias y la muerte eran terribles, pero no tan terribles como la naturaleza humana, la saña, el odio y la vida. Gekin Yashi habÃa muerto. Era preferible que asà hubiera sucedido. ¡Maltratada, pisoteada flor del desierto! ¿No habÃa dicho en cierta ocasión a Marian: «Nadie me dice cosas bellas»? ¿De dónde nacÃa aquel grito de su alma?
¡Cuán grande habÃa sido la fuerza de su mente alboreante.
Los dolorosos pensamientos de Marian fueron interrumpidos por la voz de Withers, que sonó en el interior del hogan.