Odio de razas

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Nophaie permaneció junto a la puerta del hogan donde Beeteia se apoyaba. Figura trágica y conmovedora, Beeteia parecía andar a tientas entre la oscuridad. El dolor y la angustia le abrumaban como pesadas cargas. No pareció oír las palabras de Nophaie ni ver la alta forma que se erguía a su lado.

Más allá del bogan, en un espacio llamo, cubierto de salvia y rodeado de cedros, Withers hizo que los dos indios cavasen las tumbas. Luego, el comerciante se aproximó al hogan y tomando un hacha comenzó a abrir un orificio en la cubierta de tierra y de maderos que componían el techo. Marian recordó que los muertos no deben salir jamás a través de las puertas. Manifiestamente, en tanto que era posible, Withers no titubeaba para obedecer las costumbres de aquellas gentes del desierto.

Beeteia:se separó de Nophaie para acercarse a sus muertos. Manan llamó a Nophaie y lo condujo hasta la arboleda de cedros, donde los caballos mordisqueaban la hierba. La razón de Nophaie parecía hallarse ensombrecida. Marian lo llevó de la mano, el contacto de la cual atemperó en cierto modo su excitación. El sol se había asomado momentáneamente sobre los picachos de roca que coronó de oro.

-Benow di cleash, no deberías haber venido- dijo doloridamente Nophaie.


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