Odio de razas
Odio de razas - Me alegro de haberlo hecho. Me ha dolido… con un dolor que me ha llegado al fondo del alma-respondió ella-. Pero me he sobrepuesto a ese dolor, creo,…, y ahora deseo hablar-.
- ¡Cómo…! ¡Tú eres blanca… y estás temblando!
- ¿Es extraño? Nophaie, te quiero… y estoy aterrorizada. ¡Esa terrible plaga…!
Nophaie no replicó, pero sus manos se cerraron apretadamente sobre las de ella y sus ojos se dilataron. Marian habÃa aprendido a percibir en él la presencia de lo mÃstico, de lo indio, cuando se agitaba. Y se soltó las manos y le arrojó los brazos al cuello. Este acto dio rienda suelta a la tormenta que se albergaba en su pecho, la aumentó. Lo que se proponÃa expresar, en su frenesà por salvar a Nophaie y conseguir que la apartase del desierto, rompió todas las ligaduras de la sutileza y salvó las fronteras de la habilidad femenina. Jamás comprendió ni supo lo que hizo en aquellos momentos locos de autodefensa, ni lo que dijo. Pero adquirió certeza de que con ello inflamó lo que de salvaje habÃa en Nophaie.