Odio de razas
Odio de razas Nophaie la aplastó entre los brazos y se! inclinó hacia su rostro. En sus ojos ardía un fuego negro. No la besó. No era aquél el modo de proceder de los indios. La ternura, la suavidad y el amor no formaban parte de aquella reacción ante el imán de la mujer. Su ímpetu fue el mismo del hombre primitivo rechazado; su brutalidad llegó a lastimarla dolorosamente. Si no hubiera sido por la gloria del instante, Marian habría gritado angustiosamente. Pues él la manejó, la dobló, la recogió v levantó v estiró su cuerpo del mismo modo que podría haberlo hecho un salvaje que entrase repentinamente en posesión de la mujer de la selva repetidamente negada.
Y la arrojó como un saco contra la silla, donde quedó con los pies y la cabeza colgantes. Pero Marian, cuando se halló parcialmente libre de sus brazos de hierro, luchó v consiguió erguirse v colocarse en mejor postura. sobre el caballo, donde vaciló y se inclinó hacia Nophaie. Apenas podía ver. Pero se dio cuenta de que el la soltaba. Hubo algo que detuvo a Nophaie, y su rostro comenzó a aproximarse a ella, hasta que apoyó la cabeza sobre su pecho.
- Mujer blanca…, harás… un indio de mí -dijo Nophaie con voz ronca.