Odio de razas
Odio de razas Una hora más tarde, Withers había terminado su triste labor. Beeteia se negó a partir en compañía de los viajeros. Marian no olvidaría jamás el último instante en que lo vio. El indio de rostro oscuro estaba en pie ante el hogan en que nunca podría volver a entrar y mirando en dirección a las tumbas de su madre, de su esposa y del niño a quien se proponía prohijar, hacia la gris llanura de salvia tras de la cual se elevaban las mudas paredes de piedra que eran las montañas. ¿Qué veía? ¿Qué oía? ¿De dónde procedía su fortaleza?
Withers murmuró cuando pasó junto a Marian con el fin de ponerse a la cabeza de la comitiva:
- No puedo hacer más. No ha querido venir. Ese Nopah va a hacer algo terrible. Me preocupa… Bueno; vamos a tener un mal viaje de regreso. ¡Vamos aprisa! ¡Arriba, Bucksin!