Odio de razas
Odio de razas La ráfaga de nieve desapareció, con lo que fue posible obtener una visión más clara del sombrío desfiladero, de los oscurecidos picachos, los bordes del abismo, cubiertos de blanco, de las negras cavernas, de los bancales estériles y solitarios. Una nueva tormenta, cuyas largas cortinas grises y oblicuas formaron un velo que cubrió las alturas, llegó al desfiladero. El viento y la nieve parecían gemir angustiosamente entre los cedros. Tan pronto como Marian se sacudía la blanca capa de nieve que la cubría, otra nueva capa idéntica se formaba sobre sus ropas, hasta que, al fin, cansada y demasiado fría para que pudiera intentar realizar algún movimiento, renunció a continuar haciéndolo. Las ramas de los cedros le arañaban el helado rostro. Cuando finalmente llegó al término de aquella cabalgata, se alegró al, ver que Nophaie la levantaba un brazos para apearla del caballo.
El automóvil avanzó entre la nieve y el barro, descendió para cruzar el paso y llegó al terreno liso. Las grises masas de nubes se extendieron, se agitaron y se alejaron.
Marian vio las grises colinas, verdaderas montañas por sí mismas, las puntas altas de los negras centinelas que se erguían sobre la parte norte de la elevación rocosa, la línea del horizonte accidentada y quebrada, y la extensión fría, húmeda y gris del desierto.