Odio de razas

Odio de razas

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Marian obtuvo momentáneamente el completo olvido de sí misma al contemplar a los dos indios. Aun- cuando fueran dos extremos como seres humanos, hicieron que su imaginación se absorbiese en el examen de los misterios de la vida. En Copenwhshie había visto algún tiempo antes una monstruosidad, un Noki albino, con el cabello blanco y los ojos de un color rosado, de aspecto horrible, que no le había producido una impresión tan profunda como aquellos dos Nopahs. Marian hizo una comparación mental entre Bahozohnie y Nophaie. Y cuando pensó en Nophaie, no pudo continuar en el almacén.

El frío aumentaba en el exterior. El sol se había puesto, v un rojizo resplandor brillaba sobre los oblicuos terrenos del Oeste. Los coyotes aullaban. Marian caminó lentamente entre la luz agonizante del día. Un peso terrible le oprimía el pecho. ¡Cuán oscuro y solitario el espacio que se abría ante ella! Los confines cerrados por las estribaciones de las rocosas montañas se elevaban como unas amenazas contra su preocupada imaginación.

Withers estaba desacostumbradamente tranquilo aquella noche. Su esposar habló urn poco en voz baja, como habitualmente. Pero el comerciante no tenía mucho qué decir. Marian se hallaba sentada junto al hogar, con la mirada puesta en los rojos rescoldos. Repentinamente, fue abstraída de sus ensueños de un modo violento.

- ¿Qué es eso? -preguntó.


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