Odio de razas
Odio de razas Por la noche brillaron más hogueras. Marian se dirigió en unión de la señora Withers, y de otras señoras a cierto lugar desde el que podían apreciarse las señales de fuego que se hacían desde las cumbres del Eco. A Marian le parecía que los cielos se habían inflamado en fuego. Lo mismo ella que la señora Withers permanecieron silenciosas, sin unirse a las ruidosas exclamaciones ni al temor de sus acompañantes. La esposa del comerciante había pasado su vida entre los indios, y su rostro era un augurio de calamidades.
Al día siguiente, muchos indios llegaron conjuntamente al establecimiento. Después, con la llegada de la oscuridad, el magnífico espectáculo de las hogueras se repitió. Hacia medianoche, todas se extinguieron.
Marian permaneció despierta y sin sueño, en su pequeña habitación. Algún, tiempo más tarde, el zumbido de un motor de automóvil, atrajo su atención. Withers regresaba, y el hecho de que lo hiciese parecía tranquilizador. Mas el zumbido del automóvil pasó a gran velocidad ante el comercio. Esta circunstancia desanimó de nuevo a Marian. Era una cosa que no había sucedido jamás. Kaidab era un punto de parada para todos los automóviles, a cualquier hora del día o de la noche. Desde aquel momento en adelante, Marian durmió, aunque con sueños cortos, y se vio asaltada de extraños temores.