Odio de razas

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Ante el abierto frente del único edificio, evidentemente un almacén, otros indios llenaban de lana unos grandes sacos, tarea muy penosa si se juzgaba por los esfuerzos que realizaban para mantener derecho y abierto el saco e introducir en él la lana. Todo el interior de aquella abierta casa aparecía atestado de arneses, cuerdas, montones de sacas blancas, montones de pieles y algodón. El olor a rebaño produjo a Marian una desagradable impresión. El sol calentaba con fuerza y caía de modo resplandeciente sobre las rojas mantas. Las moscas zumbaban por doquier. Y por lo menos una docena de perros flacos, de aspecto salvaje y ojos curiosos, husmeaban cerca de Marian. Ni siquiera uno de ellos meneó el rabo. Hombres blancos, en mangas de camisa, con rostros sudorosos y manos tiznadas trabajaban en la reparación de un camión automóvil tan destrozado como el vehículo del correo. Dos mujeres indias, cargadas de fardeles, salieron del puesto comercial. La más vieja de las dos era gruesa y tenía un rostro placentero. Vestía unas ropas sueltas, vulgares, de colores chillones y collares de plata, y portaba sobre la espalda una enorme caja o saca. Cuando ambas pasaron junto a ella, Marian pudo ver de modo fugaz la carita oscura de un nene que miraba a través de un agujero de la caja. La más joven de las dos mujeres debía de ser hija de la otra, y no tenía una presencia carente de atractivos. Un algo áspero y brillante ensombrecía su liso rostro. Era esbelta y llevaba los diminutos pies calzados de pardos mocasines. Vestía lo que Marian supuso que era un vestido de veludillo y sus adornos de plata tenían incrustadas unas piedras azules toscamente talladas. La joven miró tímidamente a Marian. Después llegó a caballo un indio que desmontó cerca de Marian. Era viejo. Su rostro delgado era una masa de arrugas, y en su cabello predominaba el color gris. Llevaba una delgada camisa de algodón, una especie de mono, ropas de hombre blanco en muy mal estado. Tras la silla portaba colgado un atadijo grande, una piel de cabra enrollada con la parte peluda al interior, lo que desató y llevó al comercio. Otros indios llegaron también, todos a caballo; uno de los jaquitos comenzó a recular, a relinchar y a cocear; los perros ladraron; unas ráfagas de viento oloroso v cálido agitaron el polvo; el olor de las pieles de cordero se hizo más intenso; las voces guturales de los indios se fundieron con las de los hombres blancos, más agudas, más altas que aquéllas.


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