Odio de razas

Odio de razas

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Marian encontró la habitación tan curiosa y singular como las otras. Las paredes parecían ser de cemento rojo; en realidad, de adobe, supuso Marian. Y eran frías. En tanto que se lavaba v se despojaba de las polvorientas ropas, meditó acerca de la peregrina impresión que le había causado la señora Withers. No era una mujer ordinaria. Por razones que Marian no pudo explicarse, su huéspeda tenía un interés especial por ella. Marian lo comprendió de modo intuitivo. Por otra parte, debía de ser una mujer habituada a acoger a los desconocidos que llegaban a aquella bravía frontera. Marian creyó apreciar en ella algo de la fuerza característica de las mujeres de alta posición cuando reciben a sus invitados, aunque en su sencillez había una dignidad extraordinaria y consciente, que era más espiritual que material. Pero Marian no perdió el tiempo con su tocado ni haciendo conjeturas acerca de aquella mujer. Se sintió atraída por la señora Withers. Presentía noticias, novedades, portentos extraños, posibilidades desconocidas, todo lo cual la acicateó a volver al saloncito de la casa. La señora Withers se hallaba allí, la esperaba.

- ¡Qué guapa y qué rubia es usted! -exclamó la señora Withers en tanto que miraba admirativamente el rostro de la joven -. No vemos mujeres como usted por aquí. No abundan las rubias en el desierto.


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