Río perdido

Río perdido

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Calculábase en unos quince mil el número de caballos que vivían en libertad en la región comprendida entre las montañas de California y las sierras de Nevada, y empezaban a ser la ruina de los ganaderos que, poco a poco, iban estableciendo sus haciendas más adentro en las regiones selváticas. Los caballos eran tan abundantes y tan baratos en el Estado de Oregón, que sólo los de excelente raza encontraban un buen mercado. Benjamín Ide sabía muy bien que se había empeñado en llegar, como quien dice, al pie del arco iris, y, sin embargo, algo irresistible le retenía junto al Río Perdido. Prefería cazar un solo mustang salvaje y de pura raza, y domarlo para su propio uso, que cien caballos comunes para lucrarse con su venta. Su afición favorita era la causa de su ruina y pobreza. Varios ganaderos habíanle ofrecido cantidades importantes si libraba los campos de pastos de la plaga de los caballos salvajes, pero el joven no cumplía ninguna de las promesas que hizo en este sentido. Llegado el momento crítico, su amor por los caballos en libertad era mayor que su afán de ganar dinero. No sabía mostrarse brutal ni con el caballo más fiero, ni matar al mustang más despreciable.

En el lugar donde la tortuosa senda dejaba el desfiladero de la montaña, aparecieron de pronto nubes dé polvo.


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