RÃo perdido
RÃo perdido El olor de tierra recién arada llenaba el fresco ambiente. Una tristeza, propia del anochecer, invadió la llanura. SucedÃanse los rápidos recuerdos de las escenas de la infancia de Ben. Ninguna de ellas podÃa volver. Ahora era un proscrito, entrando furtivamente en su casa, ausente su padre. Mas al tiempo de avergonzarse, sintió también justa cólera. La culpa de todo no era enteramente de él.
Al dejar la vereda para dirigirse a la puerta del seto, se le acercó, silenciosamente, una muchacha.
—¿Ben? —dijo en voz baja.
—SÃ, aquà estoy.
Ella se precipitó a sus brazos, estrechándolo con fuerza y sollozando. Ben correspondió instintivamente a las caricias. Claro que sólo podÃa tratarse de su hermana, pero ahora era alta, una verdadera mujer y para él, extraña, excepto en la voz.
—¿Qué te pasa, Hettie querida? —murmuró Ben profundamente conmovido.