Río perdido

Río perdido

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—No —afirmó Ben—, a no ser que sea por el mal que he hecho a mi madre no obedeciendo a mi padre. Pero, Ina…, no me fue posible hacer las labores agrícolas. Mi padre no me mandaba más que arar, ordeñar, cavar y cosas por el estilo, todo menos las tareas del vaquero, o del jinete. Quería matar en mí el amor a los espacios abiertos, pero no hizo sino empeorar las cosas.

Ben relató después, en breves y cálidas palabras, su vida solitaria en la región del Río Perdido, habló dé sus fieles amigos Nevada y Modoc, y de sus caballos favoritos, de los caballos salvajes que recorrían las selvas, de la gloria del Rojo de California cruzando como una flecha de fuego las praderas, de las salidas y puestas del sol junto al lago Claro, de los natos silvestres, de los ciervos y lobos, de todo lo que para él era hogar en aquellos parajes y laderas de artemisa.








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