Río perdido

Río perdido

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Sentóse bajo el porche de su cabaña contemplando el rápido descenso de sus amigos, perceptibles únicamente como nube de polvo que recorría la sinuosa senda y que pronto se perdió en la artemisa gris a lo largo del lago. Aparecieron puntos negros que poco a poco iban aumentando de tamaño, convirtiéndose al fin en figuras de caballos. Al contemplarlos, Benjamín experimentó una emoción muchas veces sentida, la vaga emoción infantil que asociaba con el panorama del país selvático y con el olor de la artemisa y el relincho de los caballos, la salida del sol y los largos días de verano. Mas ya no se mezclaba la antigua alegría a esa emoción. Benjamín había pensado demasiado, envejeciendo prematuramente; había comprendido que era preciso encontrar algo más importante, algo más significativo en la vida. Y no era que la vida en aquellos anchos espacios abiertos y selváticos no le satisficiera, no, sino porque sentíase íntimamente inquieto y exigente, y no sabía a qué causa atribuirlo.

Los jinetes y los grupos de carga recorrieron la línea gris divisoria entre el lago y la pradera de artemisa, cruzaron la poco honda corriente del Río Perdido y ganaron por fin el lugar sombreado y llano delante de la cabaña de Benjamín Ide.



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