Río perdido

Río perdido

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Un indio de ancha cara y fuerte musculatura, vestido como un vaquero del Oeste, con el pelo cortado iba delante. El otro jinete era una figura muy notable. Estaba en la silla de su caballo como si formara una pieza con éste. Bajo su ancho y muy gastado sombrero salía su cabello negro, que llevaba sin cortar. Tenía el rostro enjuto, limpio y atezado, nariz grande, ojos oscuros, penetran tes y expresión de bonachón. Llevaba una especie de blusa a cuadros, un pañuelo encarnado al cuello, canana con hebilla de plata y pantalones de piel de gamuza; de uno de los bolsillos de éste sobresalía la culata de un revólver de gran calibre.

—Buenos días, Ben —saludó saltando de la silla—. He hecho un buen negocio con tus caballos. Pagué todas tus deudas. ¿Qué te parece, viejo camarada?

—Nevada, si no mientes, encantado —repuso Benjamín.

—Es la pura verdad, Ben, y me alegro poderte dar tan buena nueva —dijo Nevada—. Y aquí tienes carta de tu hermana. Fui cabalgando hasta la granja, mandé con un chiquillo recado a tu hermana y aguardé.

—¡Eres el salvador de la humanidad! —declaró Benjamín cogiendo ávidamente el abultado sobre que Nevada le alargaba—. Ya, me estaba desanimando.

—Hemos cenado en la ciudad y desde entonces no hemos dejado de cabalgar ni un momento —repuso el otro; mostrándose fatigado.


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