Río perdido

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—Es poco —afirmó Ben—. Pondremos mil. Vaya a buscar en seguida a Moore y Nagel, para cerrar tratos. Tengo treinta buenos caballos, allí, en su corral. Pueden ustedes venderlos mañana mismo en Klamath a cien dólares, por cabeza, y si tienen suerte y saben negociar, les darán doscientos dólares por cada uno.

—Le cojo la palabra —exclamó Sims gritando— y le bendeciré toda la vida, Ide.

El negocio quedó hecho, pues los amigos de Sims mostráronse tan dispuestos como él a vender, si no más; y al mediodía tuvo Ben la satisfacción de verlos dispuestos a mancharse a Klamath.

Le chocó la actitud de Sims, que tan pronto se mostraba jubiloso como preocupado. Por fin llegó Moore en un carro de muelles con su familia.

—Fíjate en ellos —dijo Nevada simpatizando con los recién llegados—. La mujer de Moore está llorando de alegría. Les has hecho un gran favor, Ben.

Cuando, por último, la caravana estaba en marcha, caballos y todo, Sims llamó a Ben aparte e, inclinándose en la silla, le dijo:

—Ide, tan pronto como venda los caballos y arregle los documentos en favor de usted, voy a marcharme a la región triguera del Estado de Washington. ¿Me guardará el secreto?


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