Río perdido
Río perdido Oscureció. Una a una aparecieron las estrellas en el firmamento. Una fresca brisa con un hálito de nieve bajó de las cimas de la lava. A intervalos, los ruidos de la selva rompían el silencio, entre ellos el graznido de los patos silvestres, que despertó honda emoción en Ben. Cruzaban las aves, muy altas, el cielo, en dirección al Norte, tardías en su eterno peregrinaje. Desde el país llano hacia el lago Mule Deer subían las notas picadas de los coyoteas rompiendo la soledad. Más tarde, desde una lejana loma, resonó el horrible quejido de un lobo. Un mochuelo ululó de un modo peregrino: Luego oyó Ben el lento avanzar de un puercoespín que rascaba la lava al caminar. El crujir de los arbustos, el desgaje de las ramas, el rodar de trozos de lava, el suave impacto de cascos sobre la dura superficie, todo decía a Ben que los ciervos bajaban a alguna caverna para beber. También percibió las pisadas suaves de otros cuadrúpedos.
Las voces de la selva eran para Ben tan familiares como las de sus amigos, y, sin embargo, no se cansaba jamás de ellas. Había en la selva algo que no comprendía, mas su amor a ella y a sus criaturas era una cosa innata en Ben. Y las velas nocturnas en parajes solitarios, tenían para él un gran encanto y llenábase de viva satisfacción.