Río perdido

Río perdido

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No despertó a sus compañeros llegada la hora del relevo; sólo una vez sacudió a Nevada porque roncaba de un modo escandaloso. No necesitaba dormir; sólo deseaba gozar plenamente el encanto de aquella noche maravillosa en cuyas horas parecía que se le revelaba el misterio y la significación de la vida.

Elevóse la luna blanca y enorme sobre la cima de la montaña y desapareció el negro manto que hasta entonces había pesado con sus tinieblas sobre los campos de lava. El suave céfiro de la noche cesó de soplar y también se apagaron los ruidos selváticos. La majestad de la plena soledad embargó a Ben hasta que de pronto despertó de su arrobamiento, al oír el ruido de recios cascos sobre la dura roca. Una gran excitación se apoderó de él. ¡Los caballos salvajes venían para abrevar! Ya era cerca de la una. Ben aguardó un momento más en su extraña alegría, antes de despertar a sus compañeros.

Al mero contacto de la mano levantóse Modos silenciosamente, volviendo la cabeza hacia la hondonada.

—¡Uf! —dijo muy bajo.

Mas costó despertar a Nevada, quien empezó a charlar en seguida.

—¡Malditos sean los sueños! ¡Pues no estaba yo soñando haber cogido al Rojo de California, que lo regalaba a Hettie y que tú me pegabas un tiro!


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