RÃo perdido
RÃo perdido —¡Ajá! —le interrumpió Nevada—. No me vengas aquà vaticinando, porque eso lo hago yo… Paréceme que debemos dormir un poco más.
—¡Yo no! —exclamó el joven—. El amanecer no está demasiado lejos.
—Bien, bien; no es malo estar enamorado, pero es preciso dormir y comer regularmente.
Modoc, que habÃa estado aparte, dio de pronto una voz de sorpresa, diciendo después:
—Venir más caballos salvajes.
Al punto, Ben y Nevada se convirtieron en estatuas.
—Coger muchos más —visó el indio.
—Es verdad, Ben; podemos atrapar más —repuso Nevada, agitado esta vez—. ¡Escucha! Los otros están abajo en la cueva, unos bebiendo y otros esperando que les llegue el turno. No saben que están encerrados. Podemos quitar la puerta y escondernos a un lado. Algunos de los que ahora vienen entrarán, con seguridad, en nuestra trampa.
Ben sintió la sensación de ceder, mas, antes de hacerlo, reflexionó un instante y, a pesar de que le atraÃa la idea, decidió en contra.