RÃo perdido
RÃo perdido —No, no lo haremos —dijo—. Más vale pájaro en mano…, como sabes. PodrÃamos coger más, pero también podemos perder lo que ya tenemos. Suponte que los caballos que están abajo empiezan una estampida. Nos serÃa absolutamente imposible volver a cerrar la puerta. Es demasiado arriesgado.
—Bueno, pensándolo bien, tienes razón —contestó Nevada de maya gana—. Además, Si tuviéramos otra vez suerte, tal vez cogerÃamos demasiados para manejarlos con facilidad.
Parecióle a Ben que la luna no iba a ponerse nunca, que el amanecer jamás llegarÃa. Paseándose de aquà para allá, en el campo de, lava, bajo los pinos, esperó, anhelante, la aurora, sumido en profundos pensamientos. A veces oÃa el piafar de los caballos, a veces sus fuertes resoplidos. La trampa puesta era muy segura, porque en la parte superior de la pista sólo habÃa lugar para un caballo y, cerrada la puerta, los caballos no podrÃan tomar carrera para saltarla.
Por fin se puso la luna y, gradualmente, la oscuridad gris tornóse en negras sombras. Llegó la hora más oscura y pasó también. Un débil claror en el Este anunció la llegada del dÃa. Pronto se iluminó el cielo, adquiriendo un color rosado; las sombras palidecieron, desapareciendo y, rápidamente, se hizo de dÃa.