Río perdido

Río perdido

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Ben y sus dos compañeros se internaron a rastras en unas matas para asomarse al borde del abismo. Nevada fue, al parecer, el que primero vio los caballos, pues dio a Ben tan tremendo golpe que estuvo a punto de caerse. Mas éste no devolvió el amistoso puñetazo por haber descubierto algo a su vez. Poco a poco vio claramente: el suelo ceniciento del gran agujero estaba cuajado de caballos salvajes y hacia la subida, donde empezaba la pista, había también muchos. En la parte superior destacábase una fila de ellos. Estaban inmóviles, abatidos, como si se hubiesen dado cuenta de que se encontraban en una apurada situación.

Ben se retiró pronto para reflexionar. Nevada permaneció acechando aún largo rato; cuando al fin retrocedió para acercarse a Ben, su rostro radiaba de sorpresa y alegría.

—¡Válgame el cielo! —exclamó roncamente—: ¿Has visto tú la manada?

—Sí, la he visto, pero no muy claro.

—Amigo, somos ricos.

—Oh, no, Nevada; ahora eres tú quien delira.

Modoc se retiró también del borde para reunirse con sus compañeros. Su rostro bronceado se contorcía en una sonrisa que pocas veces se veía en él.

—Muchos caballos, todos buenos —dijo.


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