Río perdido
Río perdido El cabalgar durante las primeras horas de la mañana era delicioso, y el largo y polvoriento camino hacia las colinas de artemisa no parecía desagradable. Mas cuando ya la región llana quedaba atrás y los cabalgantes empezaron la ascensión de la ladera y el sol era más fuerte, la cosa cambió de aspecto. Sin embargo, los jinetes estaban satisfechos de realizar aquel fatigoso paseo. Al llegar el mediodía, habían cruzado la divisoria entre dos de las grandes colinas de artemisa, y el camino empezó a descender. Poco después, Blaine dio la orden de hacer alto junto al último rancho en la parte norte del lago Pato Silvestre. El dueño del rancho se llamaba Blake y, como todos los rancheros pobres de la región, se sostenía allá por un verdadero milagro de resistencia. Descansa ron todos a la sombra de un grupo de árboles, donde tomaron también la comida. A Ina le complació el espíritu de observación que reveló Marvie al decir en voz baja: «¿Has visto que no nos han recibido muy bien aquí? Ese Blake le tiene miedo a papá»; pues la joven había reparado en lo mismo.
Las dos horas de camino que siguieron al descanso fueron en extremo penosas; la carretera era polvorienta y desigual y no se veían más que las peladas laderas de hierba seca. Mas cuando al fin llegaron a una eminencia desde la cual percibieron el lago Pato Silvestre, Ina sintióse de pronto muy animada.