Río perdido

Río perdido

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Desde el ancho valle en que se hallaba el lago subía una brisa suave que, aunque cálida, era brisa al fin y refrescaba a los cansados viajeros. La ladera en aquel lado era ancha, de suaves ondulaciones, hermosa a pesar de la aridez. A distancia, la artemisa tenía un color gris aterciopelado que más lejos aparecía purpúreo. El lago Pato Silvestre era una inmensa superficie de agua fangosa, rodeado por una playa de más de una milla de ancho y de arenas blancas, desnudas, resecas. Las colinas de artemisa adquirían en aquella parte el aspecto de montañas de enormes laderas. Un vaquero llamó la atención de Ina sobre unos puntos blancos y negros que se veían en la parte alta de la ladera, diciendo que se trataba de caballos salvajes. Ina se emocionó al oírlo, mas esta sensación era poca cosa comparada con la que sintió cuando Marvie señaló, más allá del ancho valle, hacia una cinta plateada y serpenteante…, el Río Perdido. ¿Era posible hallar un nombre más acertado a aquella corriente? La desembocadura era casi invisible, parecía que el río se hundiera en las arenas, y no mucho más perceptible era la lengua de tierra que, con su mancha oscura de árboles, constituía el solitario hogar de Benjamín Ide.





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