RÃo perdido
RÃo perdido Ina sintióse anudársele la garganta. No era extraño que Ben amara aquel lugar, pues ella misma, a primera vista, va lo amaba, y una vaga y dulce emoción embargóla cuando advirtió la atracción que el paraje ejercÃa sobre ella. Más allá de la monotonÃa gris en la que serpenteaba el RÃo Perdido, y cerniéndose en lo alto, veÃanse las negras sierras de las montañas de Nevada.
Eran las cuatro de la tarde cuando los Blaine llegaron al rancho abandonado. Nunca habÃa visto Ina un lugar tan escuálido. Cobertizos deshechos, cercas de estacas podridas, derrumbadas, restos momificados de ganado muerto, dos cabañas, de troncos, muy viejas, remendadas con tablones y láminas de hojalata, polvo, suciedad y piedras en todas partes…, he aquà las caracterÃsticas salientes de la última adquisición de Hart Blaine.
Con gran contento de la joven, uno de los carros y algunas de las mulas de carga fueron llevados a un lugar distante del mismo rancho, a un bosquecillo de enebros diseminados sobre una eminencia situada junto a un barranco lleno de arbustos que daba sobre el valle del lago. La situación ofrecÃa una maravillosa vista de los montes y montañas arriba y el valle abajo. El suelo estaba alfombrado de hierba árida y hojas secas de los enebros, y la sombra de éstos brindaba refugio del calor tórrido del sol.